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NO PUBLIQUES MI NOMBRE

La periodista Cristina Fallarás nos ha agarrado fuertemente por el cuello de la camisa, a todos los hombres, y nos está sacudiendo de manera inmisericorde.

En su Instagram está dando voz a mujeres que, protegidas por el anonimato que ella les aporta, denuncian humillaciones, abusos, ataques, maltratos, vejaciones, menosprecios, violaciones… que sufrieron en algún momento de sus vidas o incluso siguen sufriendo, y son tantas que hasta ha hecho una recopilación en un libro.

Todos los testimonios tienen curiosamente un denominador común: Sus verdugos siempre son hombres.

¿Podemos los hombres consentir esto? ¿Podemos permitir que las mujeres empaticen unas con otras y al leer las denuncias se sientan identificadas y se atrevan también a denunciar lo que les sucedió a ellas con otros hombres y aumentar así las delaciones exponencialmente hasta el infinito? ¿Vamos a quedarnos callados sin expresar fuerte y públicamente que ‘no fuimos nosotros’, que ‘no somos todos los hombres’? Pues sí, permaneceremos callados como hemos hecho siempre, mirando para

otro lado, en silencio, como ellas reclaman que hacemos, porque si leemos todos esos desgarradores testimonios y tenemos un poco de humanidad y autocrítica, sabremos que ‘sí fuimos nosotros’, que sí somos ‘todos los hombres’.

Puede que nosotros, los Hombres por la Igualdad, hombres aliados, hombre profeministas, hombres que empatizamos y apoyamos el feminismo, hayamos sido siempre ‘buenos’ hombres. O creamos que lo hemos sido. Siempre respetuosos con las mujeres. Quizás seamos hombres extraordinarios. Pero cuando leemos esos testimonios, cuando leemos ese libro (“No publiques mi nombre”, que parece un libro de mujeres para mujeres, pero que debería ser de obligada lectura para varones), observamos que no solo hablan de esos hombres malos-malísimos que rebasaron todos los límites y que todos condenamos pública y penalmente, sino que encontramos otros muchos testimonios de mujeres que relatan dolorosas situaciones que, sorprendentemente, no nos resultan tan lejanas ni tan extrañas y que, en algún momento, en nuestras atalayas de privilegio, no nos parecieron tan dañinas. Quizás, entre esos testimonios, encontremos algunos que nos recuerden historias que vivimos, comportamientos no tan éticos que tuvimos, cosas que hicimos o que casi hicimos o que nos hubiera gustado hacer, recuerdos que ahora nos llenan de vergüenza. En el mejor de los casos, vimos esos comportamientos en amigos, o nos los contaron de otros amigos y no les dimos mayor importancia. ¿Dónde están los límites que tiene que rebasar un amigo hombre en su comportamiento con una mujer para ponernos en su contra? Puede que recordemos conversaciones, risas, chascarrillos, quizás incluso no solo sonreíamos, sino que aprobábamos y mostrábamos admiración por otros hombres que contaron sus ‘anécdotas’. Sí, leer hoy esos relatos nos genera una enorme vergüenza.

Los testimonios de CFallarás están promoviendo en las mujeres un tsunami de denuncias y generando una auténtica revolución, con un eslogan claro: “Se acabó”.

Están saliendo a la luz nombres de hombres que se consideraron siempre a salvo y aunque el título del libro hace referencia a lo que las mujeres que testifican le piden a Fallarás (No publiques mi nombre), para nosotros el título adquiere otro significado, otra perspectiva. Porque con esos testimonios, el miedo y la vergüenza cambian de bando y el título, paradójicamente, parece escrito para nosotros: “no publiques mi nombre”.

Sí, muchos de los hombres permanecerán callados, porque tienen claro en qué bando están y solo rezan para que sus víctimas no se atrevan a dar el paso y su nombre no salga publicado.

Otros seguirán excusándose en que no es su guerra, en que las mujeres confunden ‘todos’ los hombres con ‘algunos’ hombres (“not all men” dirán), que ellos nunca violaron a ninguna mujer, que es una guerra de mujeres contra hombres y ellos no van a tirar piedras sobre su propio tejado.

Otros entenderemos que es una rebelión de víctimas contra verdugos, una revolución que no va contra los hombres sino contra nuestro modo de ser hombres, contra la cultura varonil que aprendemos desde pequeñitos. Somos los que nos declaramos, aún con nuestra vergüenza, en el lado de las víctimas.

Debemos empezar pidiendo perdón, perdón por acomodarnos en una cultura de dominación y mantenernos en silencio ante las injusticias que eso provoca. Perdón por todo el daño causado, directamente o con nuestro beneplácito. Pero con eso no basta. Tenemos que cambiar, despertar de este cómodo letargo. Hemos estado callados demasiado tiempo. Ya no más silencio. Tenemos que cambiar nosotros (hay grupos de hombres por la igualdad en toda España que pueden ayudar a hacerlo) y cambiar nuestra actitud con cualquier comportamiento machista.

Las mujeres están uniéndose, denunciándonos y clamándonos “se acabó”. Está en nuestras manos acabarlo.

Por Manuel Buendía

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